domingo, 11 de diciembre de 2011

Tempus fugit

Il y a beaucoup des choses pour faire prochainement. Je détesterais perdre la meilleure opportunité sans qu'il ne le sût. Encore que c'est TRÈS DIFFICILE,je vais faire quelque chose. Tôt, quand je me suis regardé un peu plus.

martes, 6 de diciembre de 2011

escena II "La última mano que tocó mi solo"

ESCENA II:
Siempre se había sentido estúpido, sentía que el mundo pasaba por encima de él y que él no podía hacer nada por evitarlo, era el niño con granos de la clase, nunca sería nadie. Eso era lo que él creía, pero todo fluye y todo cambia, cuando crecieron, los niños de su clase arrojaron a un contenedor su crueldad, le abrieron un hueco en sus vidas, y dejó de ser el tonto a ser alguien a quien muchos admiraban y con quien reían, de hecho llegó a ser el delegado de su clase, cosa que mucha gente celebraba entre risas. Él se sentía en deuda con el mundo, quería vengar su pasado, por eso, ahora que podía, ahora que su mejor amigo era el "dj" más famoso de su pueblo, podía volcarse al hedonismo sin pensar si quiera en lo que debía de hacer. Fueron años de poco estudio, de fiestas, de despertar y verse en camas de damiselas a las que abandonaría a la mañana siguiente, de más fiestas... Cabe decir que tampoco escapaba de los celos de sus compañeros, quienes, por envidia de su vida, un día le intentaron intoxicar (sin demasiado éxito) con laxante. Pero el hecho más significativo de su vida, fue, sin duda, el hecho que marcó su vida y que le hizo sentirse plenamente en el centro de una vida cuya única finalidad sería acumular recuerdos de fiestas y de placer. Era el frío mes de enero, coincidía que tenía una chica a la cual amaba beneficiarse viviendo en su casa ya que su padre, alcohólico, no la dejaba volver a su casa más tarde de cuando se iba la luz del alumbrado público, y, por motivos que ni siquiera él llegó a entender, le dio la vuelta y le bajo violentamente sus pantalones del pijama, ella le gritaba que qué pretendía, pero él únicamente le gritó: "No te preocupes, me lo vas a agradecer entre gemidos". Entonces, él se quitó sus pantalones y se bajó sus calzoncillos usados. Ella le pedía que no lo hiciera, que le dolía, pero al cabo de unos pocos minutos, ella ya invocaba su nombre y él, sintiéndose un gladiador o un grecorromano deformado por una visión no del todo verdadera que se tomaba en sus tiempos en las películas psicalípticas que a él le gustaba ver, y acto seguido, borrar de su historial, gritó desgarradamente: "Ego perculo".
Paralelamente, ese mismo día, en un concierto de un grupo reivindicativo, donde las drogas, el alcohol y el vicio se apoderaban de todos los que se fingían o creían estar involucrados en las causas que defendían sus cantos, pero que, realmente, no eran capaces ni si quiera el 60%, de explicar qué era lo que esperaban de su futuro, dos cuerpos desnudos de dos chicos que en ese momento tenían veintitrés años se encontraron dentro del BMW del más grueso. Ninguno de los dos era homoerótico, pero estaba de moda. No eran aceptados entre sus amigos si no consumían, y, esa noche, estaban ambos demasiado consumidos por la vida y se sintieron tan puramente compenetrados, que no pudieron evitar cuestionarse si el morbo que sentían al imaginarse semejante escena, sería tan placentero como ellos imaginaban. Cinco años más tarde, el más grueso se haría sacerdote, predicaría toda clase de maldiciones sobre el colectivo homosexual (aunque no desperdiciaría ninguna oportunidad de aprovecharse de ninguno de los muchachos a los que compraba con caprichos y chucherías) y se convertiría en el sacerdote con más capital de toda su comunidad eclesiástica. El otro, se haría profesor y anti-eclesiástico. Coincidirían, al cabo de los años, en un mismo centro educativo, y la escena, se volvería a repetir.
Nadie esacapa de ningún vicio, ni tampoco, La Manca del Cid, que también cayó en ese vicio, y que también conoció a todas estas corrompidas personas.

domingo, 4 de diciembre de 2011

LA ÚLTIMA MANO QUE TOCÓ MI SOLO

Quizá luchaba contra el frío invierno, o contra cada uno de los trozos de su destrozado corazón. Ni él lo sabía. Lo cierto era que cada vez que la miraba sentía que todos los finales hasta ahora leídos eran ridículos, que no cabía desenlace alguno. Tenía por seguro que con ella no habría réquiem posible.
Aunque lo encendía todos los días, su fuego era inútil, su sudor, vergonzoso, y su mente, extraterrestre, pues no la reconocía. No eran gemidos de placer, mas bien de odio y repulsión, aunque tampoco sabía si era sólo contra él, o también contra ella.
Los días no eran fáciles, aunque ella cada vez se mostraba más receptiva, él, sumiso e ignorante, daba por perdida la batalla que acababa de empezar. La miraba buscando sus ojos, siempre agachado y vulnerable.
Ella no sabía nada, incrédula ante su comportamiento, cada vez lo sentía más adentro. ¿Qué era eso que le ayudaba a levantarse? Quizá su aspecto de cachorro abandonado. ¿Era pena? No lo creía. ¿Lujuria? No lo descartaba. Inaugurando sus nuevos ojos ante él, le reía todas las gracias, le miraba los labios al hablar, pero no en su conjunto, siempre de uno en uno.
Era difícil estar asolas con él, parecía que la rehuía. Quizá eso la encendía aún más. Aprovechaba cada segundo que le brindaba el tiempo, y cada paseo que le regalaba la luna. Y fue bajo esta la primera vez que le cogió las manos. Eran duras, baroniles, todo lo contrario que su aspecto.
Ni él se lo creía cuando tocó sus manos finas y calientes.
-Llévame a casa. -le dijo.
Subieron a toda prisa por las escaleras, nunca soltándose la mano. Encerrados en el cuarto, sólo Dios sabe cuánto tiempo duró ese beso. Él juró a sí mismo que nunca soltaría su mano.

ESCENA I :
El calor del verano camuflaba los restos de tristeza que meses más adelante barrería la usada escoba del tiempo.
Parecían, o simplemente, se fingían sentimientos de comprensión, amistad e incluso amor. Todos ellos, ni que decir tiene, sobre-valorados por la mezquindad de la sociedad.
Por la calle un señor mayor miraba al cielo, en una esquina, apartado de todos, al igual que su vida, e intentaba convencerse a sí mismo de que únicamente se preocupaba por la situación meteorológica, pero sus ojos eran incapaces de creer su propia mentira. Acto seguido, a sabiendas de que los llantos se encaminaban a buscarlo, miró su reloj de pulsera, cogió del suelo sus bolsas, y se redirigió hacia la panadería, guardando sus sentimientos en el baúl de la miseria.
Una mujer pasó por medio de un grupo de antiguos compañeros. Ella puso su sonrisa más dulce (y fingida) que pudo y recordó cuánto la deseaban y cuánto se dejó desear por ellos. Ahora lo encontró vacía, pero su vida ya se había construido sobre esos inquebrantables pilares y supo que había sido ella misma quien había cavado su propia tumba, siguió andando dejando atrás las reflexiones, era lo que estaba de moda, el no pensar demasiado.
Un niño miraba con deseo mientras señalaba con su dedo índice un tren de juguete que se entreveía en un escaparate de la más antigua juguetería del pueblo. A su madre, que venía de empeñar sus pendientes de la boda, se le cayó el corazón al suelo al ver que nunca le podría sacar una sonrisa a su hijo sin antes, haber llorado por su penosa situción. Lo que el niño no se esperaba era que justamente, veinticinco años después de esa escena, volvería a buscar a ese tren, arrojándose a sus vías.
Toda la sociedad estaba corrompida por un velo de dolor y de desilusión, muertes, crisis, falta de valores... era el reflejo de la antítesis del bienestar. Nadie se libraba de ella, y mucho menos, La Manca del Cid.

El universo translúcido

“El gran universo translúcido” es el grupo de filosofía en el que me encuentro. Gente ajena a nuestro grupo menciona que se trata de una secta, donde nos engañan y juegan con nuestros sentimientos, y lo que es peor, con nuestra salud, por unos míseros euros. Pero todos nosotros, hermanos, no creemos esas barbaridades, pues sabemos que Luis García, nuestro gran hermano consejero, nunca nos haría daño, sabemos que a el todo lo material no le importa, él siempre velará por nuestra seguridad y por nuestra paz, para que sintamos lo que realmente es la felicidad.

Hay gente que se unió a nosotros para recuperarse de malos sentimientos, algunos por vulnerar alguna ley y acabar en la cárcel, otros por vivir recelosos toda la vida de las personas que les rodean, ya que les hicieron mucho daño. También hay gente que ha ingresado para olvidar sus rutinas y escuchar la mezcla perfecta de estabilidad y calma que emiten las palabras de nuestro gran hermano consejero.

Para toda esta gente, nuestro gran hermano consejero, trabaja y nos habla día a día haciéndonos sentir mucho mejor que cuando teníamos aquella mísera vida.

Yo ingresé en este grupo de filosofía porque perdí todo lo que tenía: mis padres murieron en un accidente de tráfico, junto a mi hermana que les acompañaba. Perdí mi trabajo pues mis jefes creían que mi depresión era insuficiente motivo para dejar de trabajar. Un año después de todo esto, mi mujer me abandonó y se llevó con ella a mis hijos. No me quedaba nada, y a las pocas semanas de entrar en “El gran universo translúcido, me sentí totalmente lleno de paz y vitalidad.

Para entrar, como atenta, correcta y comprensiva persona que es, solamente nos pidió nuestro número de cuenta bancaria y 1900 euros para pequeños gastos de la comunidad; como vienen a ser nuestras túnicas para demostrar que no nos importan los bienes materiales, nuestras velas, para poder relajarnos, nuestros libros con nuestras oraciones dirigidas a nuestro gran hermano consejero, para agradecerle mediante la meditación todo lo que hace por nosotros, y también para unos tubos con líquidos que tiene bajo llave en un armario nuestro gran hermano consejero, muchas veces le hemos preguntado para qué sirven, y él siempre nos ha respondido que ya lo sabremos al llegar su momento.

Recuerdo una vez, en una de nuestras reuniones, que nos enseñó un vídeo donde se veían grandes reyertas que abundan en nuestro día a día, y él, tan afable como siempre, nos moralizaba de que si seguíamos en comunidad, siguiendo sus pasos y consejos, encontraríamos el camino perfecto para evitar estas reyertas tan frecuentes y sentir la verdadera paz interior.

Unos meses más tarde, nuestro gran hermano cambió raramente su carácter, nos comentó en una reunión que se veía con la soga al cuello, pues la policía andaba tras sus pasos, supuestamente por cometer alguna irregularidad con hacienda.

Nosotros, decidimos vender algunas propiedades que teníamos para ayudarlo, pero no basto con ese dinero, y dándose cuenta de nuestra ductilidad, nos dijo que llegaba el momento de saber qué contenían los tubos de líquido que guardaba bajo llave; que por fin había llegado el momento de alcanzar un universo lleno de felicidad e ilusión sin necesidad de ninguna llave ni ganzúa, solamente teníamos que beber el líquido de esos tubos, que como él llamaba, eran bebidas divinas.

Todos estábamos muy alegres al oír esas sinceras palabras que nos llenaban de ilusión y nos hacían ver que había llegado el momento que toda persona de nuestra comunidad espera: llegar al “Gran Universo Translúcido”, y nada más disponernos a beber, vimos que por la puerta entraba una patrulla de policías, que esposaron al gran hermano consejero, y a nosotros nos quitaron los tubos de bebida divina a la fuerza. Después de eso tuvimos que ir a comisaría a declarar todo lo que sabíamos de nuestro grupo espiritual.

Después de algunas terapias psicológicas, y de saber cuál era el verdadero contenido de los tubos de bebida, que no era divina, sino veneno, estoy agradecido de por vida a Dios por aquella intervención policial que sin duda, nos salvó de un nefasto final y nos hizo ver lo patéticos que éramos.

Del estafador de Luis García sólo sé que le han condenado a muchos años de cárcel, y espero que al salir, no le queden ganas de seguir engañando a gente demasiado ignorante, como lo he sido yo.

cuartetos.

Iluminaba la oscuridad el rosado sol,
tras las rocosas montañas, mi imaginación
aún podía ver tu bello cuerpo desnudo,
tumbado en mi cama esperando la decepción.

Las hojas rosadas de los cerezos caían,
y escuchando mis llantos de melancolía
sabían que nunca volverías a ser mía,
pero esa noche nadie me la quitaría.

Quisiera fundirme con el caliente sol
para que pudiese secar todas mis lágrimas;
quisiera poder pasear de tu mano en París
para que la gente pudiese verme feliz.

Ahora la vida y la muerte se enfrentarían
a una intensa lucha con un trágico final,
un final que terminaría con la ironía
de un ciego que espera ver el día de su final.


EL AMANECER
Sandra Pérez.

El último verano

Volví a las calles de una Valencia destrozada por el incendio tras muchos años deambulando, buscando otro lugar donde pudiera sentirme como en casa, ni que decir tiene, no lo encontré.
Llegué a la que había sido su casa, destruida, convertida en simples piedras caídas. Un solar se alzaba en el que había sido mi lugar preferido de Valencia, el lugar donde cada tarde veía su sonrisa mientras entraba el sol por la ventana y rompía la escarcha que nos envolvía.
En el solar simplemente había un cartel con un escrito que ponía “Se vende” seguido de un número de teléfono. Me adentré en él con la casi nula esperanza de encontrar algo que le perteneciese, algo que hubiese sido capaz de perdurar a las llamas que destrozaron mi vida, y sí, lo encontré, era algo capaz de combatir llamas, vientos y derrumbamientos, algo capaz de marcar un amor en el mundo, un amor que se busca, como las llamas, hasta que se encuentran y se funden un una sola llama hasta que se apaga y ya no queda nada. Ese algo era el reloj que le regalé cuando me dijo que lo nuestro tenía futuro.
En aquel momento en el que tomé el reloj, me di cuenta de que en lugar de conseguir olvidar, como me propuse al salir de Valencia, lo que había hecho era huir hasta que, entrando en mi vejez, descubrí que mi vida carecía de sentido alguno, que mi vida, se remontaba a mis recuerdos, que mis recuerdos eran lo único que me mantenían vivo.
Como era evidente, me quedé el reloj, y me largué de allí, huyendo de Valencia, huyendo de los fantasmas del pasado, y me refugié en mi casa de Albacete, con la compañía de la mujer con la que me casé pero a la que nunca amé.
Me acosté y no pude evitar, coger el reloj y recordar todo lo que juntos vivimos.
Esta es mi historia, la que me ha estado matando todos estos años.
Conocí a Eva el 1 de noviembre de 2034, la conocí por casualidad, en la calle, pues una amiga mía nos presentó. Desde ese momento su mirada me hizo perder la cabeza, me hizo que durante unos meses que pasé sin verla, no parase de buscar esa mirada entre la gente, pero no había ninguna capaz de transmitir esa tranquilidad y necesidad de amor que sus ojos negros me pedían. Dos meses más tarde, me sorprendí al ver a mi amiga en mi casa diciéndome que aquella noche quedara con Eva en la plaza Colón a las diez y media, no me dio tiempo a pedirle explicaciones, pues nada más decírmelo, se largó. Me quedé unos minutos tirado en la cama y mirando al techo sin poder reaccionar, de repente, me levanté y me fui a la ducha. Estaba muy ilusionado, creía que esa sería una noche que nunca olvidaría, y así fue.
Llegué 10 minutos antes, con mis vaqueros favoritos, y una de las camisas que mi madre, cuando aún estaba con nosotros, me decía que eran sólo para días especiales. Al probármela, unas lágrimas invadieron mi rostro causadas por los recuerdos que me vinieron a la cabeza de mi madre, pero pronto dejé de llorar pues pensé que debía estar fresco y feliz para mi cita.
Con dieciocho años nunca había sentido ese sentimiento, y cuando la vi llegar, tan guapa como siempre, con sus pantalones ajustados y su americana negra, mientras sus cabellos se mezclaban con el viento y sus ojos me buscaban, no pude evitarlo, supe que ella era para mí.
Me preguntó el porqué había aceptado la cita sin ni si quiera conocerla, a mí no se me ocurrió nada que responderle, y al cabo de unos minutos en silencio, le pregunté el motivo de la cita. Ella estaba muy nerviosa, lo noté, no paraba de tocarse el pelo o de rascarse la mano derecha. Sabía que si no le decía algo la cita se quedaría en silencios, y lo hice, me lancé, le dije el porqué había acudido a la cita “Eva, yo he venido porque sólo con mirarte una vez, supe que te quería”. Muy cortada me miró, su blanca piel maquillada enrojeció y se acercó más a mí. Estábamos sentados en la hierba mirando a las estrellas, ella me dijo “Yo también te quiero”. Entonces nos besamos.
Pasaron unos meses así, quedando en aquel lugar y hablando sobre nuestras vidas, sobres nuestras penas y nuestras alegrías. Descubrí que Eva no era como todas las chicas de dieciséis años, Eva vivía la vida de forma más profunda que nadie, la vivía pensando, que lo más importante, era dejar huellas de la existencia, pudiendo marcar vidas una vez ya muerta, por eso, Eva quería ser escritora, pues creía en el alma de los libros, creía que leyendo las palabras escritas por cada persona, la podías conocer y llegar a sentir lo que siente. Nunca llego a decirme que éramos novios, no creía en ello, tampoco creía en las Navidades, ni en el día de San Valentín, sólo creía en los libros y en demostrar día a día lo que se quiere a las personas, no en un día en especial, puede que por eso fuera una incomprendida, una persona diferente, puede que por no creer en nada, terminara sólo por creer en ella misma y ser una de las personas más egocéntricas que he conocido. Esas conversaciones sobre lo que seremos después de la muerte, me hacían recordar a mi madre y la tristeza que me causaba su ausencia, y entonces Eva me abrazaba y me decía que mi madre estaría orgullosa de mí, pues era capaz de ayudar a mi padre y a mis hermanos sacrificando mis estudios para ganar dinero para ellos.
Cuando ya llevábamos casi un año quedando, empecé a ir a su casa, a conocer a su familia, a pasar horas mirando el lugar en el que se desenvolvía. El día 3 de enero, me dijo que creía que lo nuestro tenía futuro, y la mañana siguiente yo fui corriendo a la joyería más cercana, y, cogiendo todos mis ahorros, le regalé un reloj de plata en el cual pedí que grabaran nuestras iniciales. Esa tarde fui a su casa y se lo entregué, esa tarde fue otra de las mejores tardes de mi vida.
Parecía que mi suerte empezaba a cambiar, pues un día, al llegar a casa, mi padre me sorprendió, estaba muy feliz, yo no sabía a que atribuir esa felicidad, y entonces me dijo que había heredado unos campos de unos primos lejanos que habían muerto sin descendencia, me dijo que ahora ya no hacía falta que trabajase, que podría estudiar. Me animó mucho la noticia, es más, viendo mis notas de la escuela obligatoria y algunas notas que saque en la universidad de Valencia, me concedieron una beca en la universidad de Madrid, pues sabían mi dominio de las ciencias y mi habilidad para las letras, lo que no me gustaba de esa oferta era tener que separarme unos meses de Eva. Lo hablé con ella y me animó a aceptar la beca, era una gran oportunidad de futuro, me dijo incluso que con el dinero que ganase viviendo de la carrera podríamos irnos lejos, y yo le dije que no, que aunque tuviese todo el oro del mundo, no quería irme de mi tierra. Ella aceptó pero me dijo que la aceptase, que lo hiciera por ellos. Yo acepté.
La noche antes de marcharme, la pasamos juntos, despidiéndonos en el lugar donde quedamos por primera vez. El tren llegó a las ocho de la mañana, en la estación estaban mis hermanos y mi padre. Me despedí de ellos, y de Eva, que había venido conmigo después de una noche en vela recordando viejos momentos.
Todo parecía perfecto, los meses pasaban, yo aprendía, Eva me escribía… Pero como siempre algo tenía que pasar que estropease mi racha.
Estaba mi habitación de la pensión que me cubría la universidad con la beca, abriendo una carta de Eva, cuando mi tutor llamó a la puerta. Me sorprendió y no supe a qué atribuir su visita. Le abrí y me dijo que recogiese mis cosas, que Valencia estaba en llamas y mi familia estaba grave en el hospital. Me quedé paralizado ante aquella información, cogí un par de mudas de ropa, dinero, y la carta aun sin leer y me fui con el primer tren con dirección a Valencia. En mi vagón, abrí la carta y la leí:
“Hola Juan:
Esto de que en la universidad haya que pagar el uso de internet es realmente un asco, pocas son las veces que podemos chatear, pero en fin, me conformo leyendo tus cartas.
Dentro de poco podremos vernos ya que llegan las vacaciones de Pascua, tengo que darte una importante noticia, no te la voy a adelantar por aquí, no sé si te alegrara cuando te la cuente, pero en fin… estoy segura de que dentro de unos meses estarás más ilusionado que yo con la noticia. Para celebrarla he comprado dos billetes para este verano a París, para que podamos recuperar todo el tiempo que estamos pasando separados.
He escrito unas frases, espero que te gusten:
Sólo espero que podamos olvidar todo el tiempo perdido
y que en cada despertar, sepa que aun estás conmigo.
Saber que estas a mi lado, y que al tuyo estoy yo.
Que juntos paremos el tiempo; estando contigo no necesito nada,
nada más.
Quiero dejar todo el pasado atrás
dejar mi vida para cuidar de la tuya
porque sólo fue mirarte y comprender
que todo había cambiado y que no te quiero perder.
No quiero dejar huellas en el vacío
ni sonidos en el silencio.
Todo esto me demuestra que lo mejor es olvidar el pasado y arriesgar, hacer lo que sientes y no lo que debes.
Porque me gusta perderme en tu mirada e imaginar nuevos mundos...
Porque sin ti mis suspiros solamente son tiempo perdido,
porque en tu mirada hay muchas cosas por descubrir,
porque soy capaz de encontrar perfectos tus defectos
y ver luz donde sólo hay oscuridad.
Estudia mucho. Te quiero.”
No entendí a que se refería con “la importante noticia”, y entonces me preocupé más pensando si no sólo a mis padres el incendio había dañado, sino que también a Eva le había pasado algo. La llamé al móvil, pero lo tenía apagado como casi siempre. Recé para que no fuese así.
Al llegar a Valencia me dijeron que toda el ala norte estaba cortada, que solo la zona de la playa estaba aun transitable, se podía respirar el humo del incendio que por suerte, ya había sido reducido. Llegué al hospital donde me habían dicho que estaban mi padre y mis hermanos. Cuando llegué al pasillo esperando al doctor, vi a mi hermano pequeño, me abrazó y no pudo parar de llorar, le pedía alguna explicación pero sus llantos se interponían entre nosotros.
El doctor se acercó y nos hizo pasar a una sala con una mesa de madera al medio. Nos dijo que tomásemos asiento. Le informé de cuanto sabía y él me dijo que había nuevas noticias. Mi hermano se echó a llorar, al parecer cuando se produjo el incendio él estaba fuera de la zona, en casa de un amigo. El doctor dijo: “Siento comunicarle que su padre y su hermano han fallecido mientras llegaba, el motivo ha sido que las quemaduras de tercer grado les han dañado órganos vitales y no hemos podido hacer nada, lo siento.”
Yo también me abracé a mi hermano y lloré, no podía estar pasándome eso, ¡No podía mi suerte cambiar tanto de un día a otro! Mi hermano me miró y me dijo: “Aun hay más… Eva”
Muy nervioso le pregunté que qué había pasado con Eva. El doctor me dijo que Eva estaba también ingresada, que su estado era grave, pero que aún estaba estable. Le pregunté al doctor si podía pasar a su habitación, y me dijo que sí. Llegué a la puerta de su habitación, sus padres estaban fuera. Les abracé y los tres lloramos. No era justo. Le pedí a su madre si podía entrar para estar con ella solo un momento. Me dijo que por supuesto.
La vi y esa imagen nunca la olvidaré, estaba toda vendada, incluso la cara. Había perdido sus cabellos, y sólo sus ojos conservaban la expresividad que habían tenido siempre. La miré y le dije: Eva?
Su voz sonó muy débil, no parecía la suya. Sus últimas palabras nunca las olvidaré.
“Siento lo de tus padres Juan, y también siento lo de nuestro hijo, era esa la importante noticia. Sé que esto se acaba, no lo he conseguido Juan, no he marcado la historia, hazlo tu por mí. Es una pena no pasar contigo el verano. Te quiero, sé feliz.”
Le respondí que yo la quería mucho más, y entonces esos ojos que me habían dado la vida en su momento se cerraron para siempre.
Después de tanta decepción, me fui a Madrid con mi hermano, yo terminé la carrera y también trabajé para poder subsistir. Me había quedado solo, de nuevo, sin nada, solamente me quedaba mi hermano y un motivo para vivir: marcar la historia en nombre de Eva.
Cuando acabé mi carrera de biología, encontré trabajo en un laboratorio de investigación, al fin, tenía un trabajo bien pagado. Ya habían pasado casi 7 años del terrible suceso, y yo lo sentía aún en mi piel.
Hasta el día de hoy no había vuelto a pisar Valencia, y a pesar de que he llegado a casarme, nunca he sido capaz de olvidar a Eva, ni a nuestro hijo que ni llegó a nacer.
Mi hermano, por otra parte, se quedó en Madrid, mientras que yo decidí ir de ciudad en ciudad, dije en su momento que ni por todo el oro del mundo abandonaría Valencia, pero he descubierto que sí por unos tristes recuerdos, recuerdos de cosas que nunca han pasado, como ese último verano en París.
El motivo por el que plasmo esta historia es para hacerla feliz, para marcar su nombre en un libro para que alguien, pueda sentir lo que yo siento al escribirlo.
Ahora miraré el reloj y contaré las horas que me faltan para reunirme con ella.

jueves, 30 de junio de 2011

George Orwell

REBELIÓN EN LA GRANJA

Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era una y quién era otro.


1984

"El que controla el pasado", decía el slogan del Partido, "controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado". Y, sin embargo, el pasado alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo.