viernes, 30 de diciembre de 2011

sueños de los que no te quieres despertar

Hace algunas noches volví a soñar lo mismo, lo mismo no, pero también era ese utópico mundo en el que todo salía cómo tú mismo planearías.
Yo era invisible, no sé por qué, pero lo era.
Me acerqué a ese olor, del que por mucho que intentes, no puedes desengancharte, y lo vi pasar de lejos. Luego, no sé por qué (eso es lo mágico de los sueños) estaba a su lado, no sé ni dónde ni qué hacía, tampoco quería saberlo, estaba a su lado.
Sabía que era un sueño, y me puse triste al descubrirlo. Y él se dio cuenta, en el sueño, y me habló a pesar de ser invisible, me dijo que sabía que estaba allí y que quería que no me fuese, fuera o no invisible.
Entonces, desperté. Había sido un sueño de tantos.
Pero, al fin y al cabo, todos vivimos a caballo entre nuestros sueños y nuestra realidad.

Writing a new history, shortly.

domingo, 25 de diciembre de 2011

pesimisme existencial

je ne veux pas, mais, encore que le temps passe, je resterais sempre avec toi, et toi avec une autre.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Mario Vargas Lloca - La tentación de lo imposible

"Lo cierto es que, aunque en menor escala, todas las ficciones hacen vivir a los lectores "lo imposible", sacándolos de su yo particular, rompiendo los confines de su condición, y haciéndolos compartir, identificados con los personajes de la ilusión, una vida más rica, más intensa, o más abyecta y violenta, o simplemente diferente de aquella en la que están confinados en esa cárcel de alta seguridad que es la vida real. Las ficciones existen por eso y para eso. Porque tenemos una sola vida y nuestros deseos y fantasías nos exigen tener mil. Porque el abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos ser debía ser llenado de alguna manera. Para eso nacieron las ficciones: para que, de esa manera vicaria, temporal, precaria y a la vez apasionada y fascinante, como es la vida a la que ellas nos trasladan, incorporemos lo imposible a lo posible, y nuestra existencia sea a la vez realidad e irrealidad, historia y fábula, vida concreta y aventura maravillosa..."

lunes, 19 de diciembre de 2011

(Pensando título)

Encendió un cigarrillo de la marca más barata de tabaco negro que se podía encontrar en esos tiempos de recesión (en los que lo más lógico era dejar de fumar, pero, a la vez, era lo más imposible) a sabiendas de que no volvería a hacerlo muchas veces más.
Si tenía unos cuarenta y diez, llevaría, por lo menos, treinta años fumando. No era fácil dejarlo y, mucho menos, en ese momento.
Avivó el fuego de la chimenea, acercó una silla hacia la estantería del salón, subió sobre ella y cogió la carpeta azul de plástico que contenía los folios que relataban la historia de lo que no había sido su vida. La dejó sobre la mesa del salón y se fue a la cocina. Abrió la despensa y llenó de vino rosado una de las copas que le habían regalado en su boda. Entonces, con la copa en la mano, volvió al salón dándole dos pequeños sorbos.
Se le aceleró el pulso, sus labios no podían parar de temblar, y temió un ataque de nervios, pero respiró profundamente y abrió la carpeta aguantando con los labios su cigarrillo, que ya estaba casi tan consumido como su vida.
Seis años luchando un duelo con la muerte para acabar ella misma arrodillándose ante ella. Cogió el enorme fajo de folios y lo depositó sobre la mesa. El primer folio se titulaba Cómo no fui feliz durante mi infancia., el último, Cómo no quiso quererme. Volvió a leer los versos que cerraban su más reciente escrito: "Yo viviré para recordarte/ tú vivirás para soñar."
Meditó sobre todas las falsedades que había oído sobre el amor. No mataba. Mataba el cáncer y el orgullo.
Se levantó de la silla y cogió un nuevo cigarrillo. Se contempló ante el espejo que ofrecía una visión deformada de ella misma, y, se dio cuenta de que la muerte ya llamaba a su puerta, pero ese momento le pertenecía y, si conseguía quemar toda su vida, la recibiría en paz.
Antes de prender fuego a la que no había sido su vida, quiso reunir también algunas fotos en las que aún no tenía ni ojeras ni los ojos muertos. Esa vida ya no le pertenecía. También añadió el papel con los diagnósticos en los que la razón precedía una más que próxima muerte. Todo ardería en los fuegos del infierno que la habían estado mortificando los últimos seis años. Si por ella fuese, también ardería su último aliento.
Pero antes, tenía algo que hacer. Escribir la historia de lo que sí que había sido su vida.

"No sé escribir bien. No terminé los estudios básicos. Por eso siempre he reservado para mi intimidad todo lo que he escrito, aunque sí que me habría gustado que alguien lo hubiera leído, aunque sólo fuese una persona, con eso ya me habría conformado. Mi fracaso se hace llamar vida.
De pequeña me gustaba montar el árbol de Navidad, hasta que mi madre lo guardó en el garaje alegando que ocupaba demasiado espacio y que la Navidad ya no llegaba a nuestra casa porque el regalo que ella siempre pedía, que mi padre no hubiese muerto, nunca llegaba. Nunca más he vuelto a montar un árbol de Navidad, ni un belén, pero sí que me habría gustado hacerlo.
Leer sí que he leído. He leído mucho. Sobre ciencias y sobre mitología; lo que más me gusta de la ciencia son las curiosidades, de la mitología, la capacidad de imaginación.
Me estoy dando cuenta a medida que narro esto de que lo que menos importancia tiene es lo que más recordamos, recordamos, sobre todo, las cosas que nunca nos han sucedido. Nunca llegué a tocar bien el arpa, pero lo intenté. Tampoco he estado nunca en París, nunca he tenido con quién ir, y, cuando pude haberlo hecho, mi marido me abandonó con las maletas ya preparadas; son muchas las veces que me pregunto el porqué, durante muchos años quise odiarlo, pero me faltaron las fuerzas. Hasta que comprendí que fui yo misma la que lo alejaba de mí con mi pesimismo existencial, cuando le decía que quería morir nunca pensé que la muerte tuviese tan gran capacidad de ser tentada y ahora, me arrepiento de mi falsa teoría: "La muerte me da miedo, pero no tanto como la vida". Nadie quiere a un triste en su vida. Tenía veintisiete años y toda una vida por delante, pero, no volví a encontrar unos dientes tan blancos, pero me di cuenta de que los ojos azules eran más bonitos que los negros.
Con él fui feliz, más que con mi marido, aunque él nunca supo que lo quería, y, cuando pensé en decírselo, me diagnosticaron cáncer de estómago.
Durante los dos años siguientes, lo único que me mantenía alegre eran nuestros rutinarios y protocolarios encuentros en los que me sonreía (y yo, en sus ojos, veía reflejada mi sonrisa) y me preguntaba que cómo evolucionaba y si notaba alguna mejora. No supe cómo decirle que mis mejoras dependían de que se quitase la bata y dejase de ser mi doctor para volver a ser mi amigo. A pesar de que fueron los años en los que la muerte consultó mi dirección, fueron los que me hicieron volver a mirar sin bajar la mirada.
Con el cáncer dejó de ser mi amigo y pasó una semana, después, se limitó a ser, simplemente, mi psicólogo. Es algo mucho más técnico un trato por enfermedad mortal que por estrés acumulado por un trabajo mal pagado.
Él lo sabía, él sabía que me estaba enamorando de él; él me miraba y veía cómo lo observaba al cerrar la puerta de la consulta, pero fingía no darse cuenta e ignorarlo. Por eso, cuando todavía no sabíamos lo del cáncer y me sentía más que dispuesta a decírselo, insertó en una conversación trivial la felicidad que le causaba su matrimonio. Quise ser fuerte y no derrumbarme. Luché, y, cuando terminó mi terapia ya no tenía motivos para verlo.
Entonces todo empeoró. La quimioterapia no había servido para nada y no tenía ya ninguna motivación: volví a fumar después de dos años de casi total abstinencia.
En sueños, mi mente viajaba a lugares que no existían, o sí, pero yo no los conocía. No los había visto nunca con mis ojos. Veía nuevas personas, nuevos lugares... Vivía. Mi vida se basó en soñar. Soñar y escribir lo que soñaba. En uno de esos sueños viví una de las situaciones más intensas de mi vida: Encontré a alguien que me leía. El sueño empezaba in medias res, yo le cocinaba y él, desde el balcón, me decía que si quedaba mucho para la cena. Nunca una escena tan banal me había permitido dar semejante rienda suelta a mi felicidad. Después de la cena, en el dormitorio, tuvieron lugar hechos licenciosos en los que él no me veía sin ropa, sino desnuda, y, al despertarme a su lado, sonreía al verlo dormir y sabía que era perfecto para mí porque, al igual que yo, se llevaba la mano a la boca al dormir.
Desperté envuelta de un sudor frío. No recordaba su rostro, pero algo me decía que esa persona tenía que existir por el simple hecho de que sería demasiado triste que no existiese.
Los años siguientes he estado acostándome pidiendo al cielo, o al infierno, volver a soñar lo mismo. Pero parece que ni Dios ni Satanás me tienen el suficiente aprecio como para entregarme esa última voluntad. Y eso ya me lo demostraron con mi trágica infancia, mi matrimonio frustrado y mi amor imposible. Por eso, este último mes me he entregado al hedonismo. Mi amigo "vino" me ha ayudado a soñar. ¿Qué más da si estoy despierta? A veces he pensado olvidar ese inefable sueño y vivir el poco presente que me queda con los pies en el suelo, pero no lo he hecho, porque mi única norma siempre ha sido imaginar (si no lo hacía todo era gris) y porque ese sueño sobreviviría por encima del río Leteo, el río mitológico del olvido.
Mi bandera siempre sería el silencio ¿Qué decir cuando ya estaba todo escrito? Siempre he sido algo insaciable, siempre he sido algo insociable.
No considero que haya mucho más que decir, a veces un silencio es la mejor respuesta, de hecho, mi matrimonio acabó con un gran silencio, aunque me hacía sufrir y sentir estúpida, yo lo miraba y en silencio, me decía:"¡Joder, qué ojos!".
Ahora ya ha llegado el momento de arder con los recuerdos. Sólo puedo resumir mi vida en dos líneas, eso es triste, pero más triste es saber que nadie las leerá:
¡Qué catástrofe de noche, qué catástrofe de vida!
Pero eso sí, al igual que el escritor Nikos Kazantzakis, mi epitafio anuncia su mítica sentencia:
"No espero nada, no temo nada,soy libre"."

Acto seguido los más de cincuenta folios ardieron, y ella los miró arder con lágrimas en los ojos. A ella no le preocupaba morir, le preocupaba que a nadie le preocupase su muerte.
La vida se le escapaba de las manos y ella no había hecho nada por impedirlo.
Entonces sonó el teléfono. Era el doctor.

lunes, 12 de diciembre de 2011

domingo, 11 de diciembre de 2011

Tempus fugit

Il y a beaucoup des choses pour faire prochainement. Je détesterais perdre la meilleure opportunité sans qu'il ne le sût. Encore que c'est TRÈS DIFFICILE,je vais faire quelque chose. Tôt, quand je me suis regardé un peu plus.

martes, 6 de diciembre de 2011

escena II "La última mano que tocó mi solo"

ESCENA II:
Siempre se había sentido estúpido, sentía que el mundo pasaba por encima de él y que él no podía hacer nada por evitarlo, era el niño con granos de la clase, nunca sería nadie. Eso era lo que él creía, pero todo fluye y todo cambia, cuando crecieron, los niños de su clase arrojaron a un contenedor su crueldad, le abrieron un hueco en sus vidas, y dejó de ser el tonto a ser alguien a quien muchos admiraban y con quien reían, de hecho llegó a ser el delegado de su clase, cosa que mucha gente celebraba entre risas. Él se sentía en deuda con el mundo, quería vengar su pasado, por eso, ahora que podía, ahora que su mejor amigo era el "dj" más famoso de su pueblo, podía volcarse al hedonismo sin pensar si quiera en lo que debía de hacer. Fueron años de poco estudio, de fiestas, de despertar y verse en camas de damiselas a las que abandonaría a la mañana siguiente, de más fiestas... Cabe decir que tampoco escapaba de los celos de sus compañeros, quienes, por envidia de su vida, un día le intentaron intoxicar (sin demasiado éxito) con laxante. Pero el hecho más significativo de su vida, fue, sin duda, el hecho que marcó su vida y que le hizo sentirse plenamente en el centro de una vida cuya única finalidad sería acumular recuerdos de fiestas y de placer. Era el frío mes de enero, coincidía que tenía una chica a la cual amaba beneficiarse viviendo en su casa ya que su padre, alcohólico, no la dejaba volver a su casa más tarde de cuando se iba la luz del alumbrado público, y, por motivos que ni siquiera él llegó a entender, le dio la vuelta y le bajo violentamente sus pantalones del pijama, ella le gritaba que qué pretendía, pero él únicamente le gritó: "No te preocupes, me lo vas a agradecer entre gemidos". Entonces, él se quitó sus pantalones y se bajó sus calzoncillos usados. Ella le pedía que no lo hiciera, que le dolía, pero al cabo de unos pocos minutos, ella ya invocaba su nombre y él, sintiéndose un gladiador o un grecorromano deformado por una visión no del todo verdadera que se tomaba en sus tiempos en las películas psicalípticas que a él le gustaba ver, y acto seguido, borrar de su historial, gritó desgarradamente: "Ego perculo".
Paralelamente, ese mismo día, en un concierto de un grupo reivindicativo, donde las drogas, el alcohol y el vicio se apoderaban de todos los que se fingían o creían estar involucrados en las causas que defendían sus cantos, pero que, realmente, no eran capaces ni si quiera el 60%, de explicar qué era lo que esperaban de su futuro, dos cuerpos desnudos de dos chicos que en ese momento tenían veintitrés años se encontraron dentro del BMW del más grueso. Ninguno de los dos era homoerótico, pero estaba de moda. No eran aceptados entre sus amigos si no consumían, y, esa noche, estaban ambos demasiado consumidos por la vida y se sintieron tan puramente compenetrados, que no pudieron evitar cuestionarse si el morbo que sentían al imaginarse semejante escena, sería tan placentero como ellos imaginaban. Cinco años más tarde, el más grueso se haría sacerdote, predicaría toda clase de maldiciones sobre el colectivo homosexual (aunque no desperdiciaría ninguna oportunidad de aprovecharse de ninguno de los muchachos a los que compraba con caprichos y chucherías) y se convertiría en el sacerdote con más capital de toda su comunidad eclesiástica. El otro, se haría profesor y anti-eclesiástico. Coincidirían, al cabo de los años, en un mismo centro educativo, y la escena, se volvería a repetir.
Nadie esacapa de ningún vicio, ni tampoco, La Manca del Cid, que también cayó en ese vicio, y que también conoció a todas estas corrompidas personas.