viernes, 30 de diciembre de 2011

sueños de los que no te quieres despertar

Hace algunas noches volví a soñar lo mismo, lo mismo no, pero también era ese utópico mundo en el que todo salía cómo tú mismo planearías.
Yo era invisible, no sé por qué, pero lo era.
Me acerqué a ese olor, del que por mucho que intentes, no puedes desengancharte, y lo vi pasar de lejos. Luego, no sé por qué (eso es lo mágico de los sueños) estaba a su lado, no sé ni dónde ni qué hacía, tampoco quería saberlo, estaba a su lado.
Sabía que era un sueño, y me puse triste al descubrirlo. Y él se dio cuenta, en el sueño, y me habló a pesar de ser invisible, me dijo que sabía que estaba allí y que quería que no me fuese, fuera o no invisible.
Entonces, desperté. Había sido un sueño de tantos.
Pero, al fin y al cabo, todos vivimos a caballo entre nuestros sueños y nuestra realidad.

Writing a new history, shortly.

domingo, 25 de diciembre de 2011

pesimisme existencial

je ne veux pas, mais, encore que le temps passe, je resterais sempre avec toi, et toi avec une autre.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Mario Vargas Lloca - La tentación de lo imposible

"Lo cierto es que, aunque en menor escala, todas las ficciones hacen vivir a los lectores "lo imposible", sacándolos de su yo particular, rompiendo los confines de su condición, y haciéndolos compartir, identificados con los personajes de la ilusión, una vida más rica, más intensa, o más abyecta y violenta, o simplemente diferente de aquella en la que están confinados en esa cárcel de alta seguridad que es la vida real. Las ficciones existen por eso y para eso. Porque tenemos una sola vida y nuestros deseos y fantasías nos exigen tener mil. Porque el abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos ser debía ser llenado de alguna manera. Para eso nacieron las ficciones: para que, de esa manera vicaria, temporal, precaria y a la vez apasionada y fascinante, como es la vida a la que ellas nos trasladan, incorporemos lo imposible a lo posible, y nuestra existencia sea a la vez realidad e irrealidad, historia y fábula, vida concreta y aventura maravillosa..."

lunes, 19 de diciembre de 2011

(Pensando título)

Encendió un cigarrillo de la marca más barata de tabaco negro que se podía encontrar en esos tiempos de recesión (en los que lo más lógico era dejar de fumar, pero, a la vez, era lo más imposible) a sabiendas de que no volvería a hacerlo muchas veces más.
Si tenía unos cuarenta y diez, llevaría, por lo menos, treinta años fumando. No era fácil dejarlo y, mucho menos, en ese momento.
Avivó el fuego de la chimenea, acercó una silla hacia la estantería del salón, subió sobre ella y cogió la carpeta azul de plástico que contenía los folios que relataban la historia de lo que no había sido su vida. La dejó sobre la mesa del salón y se fue a la cocina. Abrió la despensa y llenó de vino rosado una de las copas que le habían regalado en su boda. Entonces, con la copa en la mano, volvió al salón dándole dos pequeños sorbos.
Se le aceleró el pulso, sus labios no podían parar de temblar, y temió un ataque de nervios, pero respiró profundamente y abrió la carpeta aguantando con los labios su cigarrillo, que ya estaba casi tan consumido como su vida.
Seis años luchando un duelo con la muerte para acabar ella misma arrodillándose ante ella. Cogió el enorme fajo de folios y lo depositó sobre la mesa. El primer folio se titulaba Cómo no fui feliz durante mi infancia., el último, Cómo no quiso quererme. Volvió a leer los versos que cerraban su más reciente escrito: "Yo viviré para recordarte/ tú vivirás para soñar."
Meditó sobre todas las falsedades que había oído sobre el amor. No mataba. Mataba el cáncer y el orgullo.
Se levantó de la silla y cogió un nuevo cigarrillo. Se contempló ante el espejo que ofrecía una visión deformada de ella misma, y, se dio cuenta de que la muerte ya llamaba a su puerta, pero ese momento le pertenecía y, si conseguía quemar toda su vida, la recibiría en paz.
Antes de prender fuego a la que no había sido su vida, quiso reunir también algunas fotos en las que aún no tenía ni ojeras ni los ojos muertos. Esa vida ya no le pertenecía. También añadió el papel con los diagnósticos en los que la razón precedía una más que próxima muerte. Todo ardería en los fuegos del infierno que la habían estado mortificando los últimos seis años. Si por ella fuese, también ardería su último aliento.
Pero antes, tenía algo que hacer. Escribir la historia de lo que sí que había sido su vida.

"No sé escribir bien. No terminé los estudios básicos. Por eso siempre he reservado para mi intimidad todo lo que he escrito, aunque sí que me habría gustado que alguien lo hubiera leído, aunque sólo fuese una persona, con eso ya me habría conformado. Mi fracaso se hace llamar vida.
De pequeña me gustaba montar el árbol de Navidad, hasta que mi madre lo guardó en el garaje alegando que ocupaba demasiado espacio y que la Navidad ya no llegaba a nuestra casa porque el regalo que ella siempre pedía, que mi padre no hubiese muerto, nunca llegaba. Nunca más he vuelto a montar un árbol de Navidad, ni un belén, pero sí que me habría gustado hacerlo.
Leer sí que he leído. He leído mucho. Sobre ciencias y sobre mitología; lo que más me gusta de la ciencia son las curiosidades, de la mitología, la capacidad de imaginación.
Me estoy dando cuenta a medida que narro esto de que lo que menos importancia tiene es lo que más recordamos, recordamos, sobre todo, las cosas que nunca nos han sucedido. Nunca llegué a tocar bien el arpa, pero lo intenté. Tampoco he estado nunca en París, nunca he tenido con quién ir, y, cuando pude haberlo hecho, mi marido me abandonó con las maletas ya preparadas; son muchas las veces que me pregunto el porqué, durante muchos años quise odiarlo, pero me faltaron las fuerzas. Hasta que comprendí que fui yo misma la que lo alejaba de mí con mi pesimismo existencial, cuando le decía que quería morir nunca pensé que la muerte tuviese tan gran capacidad de ser tentada y ahora, me arrepiento de mi falsa teoría: "La muerte me da miedo, pero no tanto como la vida". Nadie quiere a un triste en su vida. Tenía veintisiete años y toda una vida por delante, pero, no volví a encontrar unos dientes tan blancos, pero me di cuenta de que los ojos azules eran más bonitos que los negros.
Con él fui feliz, más que con mi marido, aunque él nunca supo que lo quería, y, cuando pensé en decírselo, me diagnosticaron cáncer de estómago.
Durante los dos años siguientes, lo único que me mantenía alegre eran nuestros rutinarios y protocolarios encuentros en los que me sonreía (y yo, en sus ojos, veía reflejada mi sonrisa) y me preguntaba que cómo evolucionaba y si notaba alguna mejora. No supe cómo decirle que mis mejoras dependían de que se quitase la bata y dejase de ser mi doctor para volver a ser mi amigo. A pesar de que fueron los años en los que la muerte consultó mi dirección, fueron los que me hicieron volver a mirar sin bajar la mirada.
Con el cáncer dejó de ser mi amigo y pasó una semana, después, se limitó a ser, simplemente, mi psicólogo. Es algo mucho más técnico un trato por enfermedad mortal que por estrés acumulado por un trabajo mal pagado.
Él lo sabía, él sabía que me estaba enamorando de él; él me miraba y veía cómo lo observaba al cerrar la puerta de la consulta, pero fingía no darse cuenta e ignorarlo. Por eso, cuando todavía no sabíamos lo del cáncer y me sentía más que dispuesta a decírselo, insertó en una conversación trivial la felicidad que le causaba su matrimonio. Quise ser fuerte y no derrumbarme. Luché, y, cuando terminó mi terapia ya no tenía motivos para verlo.
Entonces todo empeoró. La quimioterapia no había servido para nada y no tenía ya ninguna motivación: volví a fumar después de dos años de casi total abstinencia.
En sueños, mi mente viajaba a lugares que no existían, o sí, pero yo no los conocía. No los había visto nunca con mis ojos. Veía nuevas personas, nuevos lugares... Vivía. Mi vida se basó en soñar. Soñar y escribir lo que soñaba. En uno de esos sueños viví una de las situaciones más intensas de mi vida: Encontré a alguien que me leía. El sueño empezaba in medias res, yo le cocinaba y él, desde el balcón, me decía que si quedaba mucho para la cena. Nunca una escena tan banal me había permitido dar semejante rienda suelta a mi felicidad. Después de la cena, en el dormitorio, tuvieron lugar hechos licenciosos en los que él no me veía sin ropa, sino desnuda, y, al despertarme a su lado, sonreía al verlo dormir y sabía que era perfecto para mí porque, al igual que yo, se llevaba la mano a la boca al dormir.
Desperté envuelta de un sudor frío. No recordaba su rostro, pero algo me decía que esa persona tenía que existir por el simple hecho de que sería demasiado triste que no existiese.
Los años siguientes he estado acostándome pidiendo al cielo, o al infierno, volver a soñar lo mismo. Pero parece que ni Dios ni Satanás me tienen el suficiente aprecio como para entregarme esa última voluntad. Y eso ya me lo demostraron con mi trágica infancia, mi matrimonio frustrado y mi amor imposible. Por eso, este último mes me he entregado al hedonismo. Mi amigo "vino" me ha ayudado a soñar. ¿Qué más da si estoy despierta? A veces he pensado olvidar ese inefable sueño y vivir el poco presente que me queda con los pies en el suelo, pero no lo he hecho, porque mi única norma siempre ha sido imaginar (si no lo hacía todo era gris) y porque ese sueño sobreviviría por encima del río Leteo, el río mitológico del olvido.
Mi bandera siempre sería el silencio ¿Qué decir cuando ya estaba todo escrito? Siempre he sido algo insaciable, siempre he sido algo insociable.
No considero que haya mucho más que decir, a veces un silencio es la mejor respuesta, de hecho, mi matrimonio acabó con un gran silencio, aunque me hacía sufrir y sentir estúpida, yo lo miraba y en silencio, me decía:"¡Joder, qué ojos!".
Ahora ya ha llegado el momento de arder con los recuerdos. Sólo puedo resumir mi vida en dos líneas, eso es triste, pero más triste es saber que nadie las leerá:
¡Qué catástrofe de noche, qué catástrofe de vida!
Pero eso sí, al igual que el escritor Nikos Kazantzakis, mi epitafio anuncia su mítica sentencia:
"No espero nada, no temo nada,soy libre"."

Acto seguido los más de cincuenta folios ardieron, y ella los miró arder con lágrimas en los ojos. A ella no le preocupaba morir, le preocupaba que a nadie le preocupase su muerte.
La vida se le escapaba de las manos y ella no había hecho nada por impedirlo.
Entonces sonó el teléfono. Era el doctor.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Tempus fugit

Il y a beaucoup des choses pour faire prochainement. Je détesterais perdre la meilleure opportunité sans qu'il ne le sût. Encore que c'est TRÈS DIFFICILE,je vais faire quelque chose. Tôt, quand je me suis regardé un peu plus.

martes, 6 de diciembre de 2011

escena II "La última mano que tocó mi solo"

ESCENA II:
Siempre se había sentido estúpido, sentía que el mundo pasaba por encima de él y que él no podía hacer nada por evitarlo, era el niño con granos de la clase, nunca sería nadie. Eso era lo que él creía, pero todo fluye y todo cambia, cuando crecieron, los niños de su clase arrojaron a un contenedor su crueldad, le abrieron un hueco en sus vidas, y dejó de ser el tonto a ser alguien a quien muchos admiraban y con quien reían, de hecho llegó a ser el delegado de su clase, cosa que mucha gente celebraba entre risas. Él se sentía en deuda con el mundo, quería vengar su pasado, por eso, ahora que podía, ahora que su mejor amigo era el "dj" más famoso de su pueblo, podía volcarse al hedonismo sin pensar si quiera en lo que debía de hacer. Fueron años de poco estudio, de fiestas, de despertar y verse en camas de damiselas a las que abandonaría a la mañana siguiente, de más fiestas... Cabe decir que tampoco escapaba de los celos de sus compañeros, quienes, por envidia de su vida, un día le intentaron intoxicar (sin demasiado éxito) con laxante. Pero el hecho más significativo de su vida, fue, sin duda, el hecho que marcó su vida y que le hizo sentirse plenamente en el centro de una vida cuya única finalidad sería acumular recuerdos de fiestas y de placer. Era el frío mes de enero, coincidía que tenía una chica a la cual amaba beneficiarse viviendo en su casa ya que su padre, alcohólico, no la dejaba volver a su casa más tarde de cuando se iba la luz del alumbrado público, y, por motivos que ni siquiera él llegó a entender, le dio la vuelta y le bajo violentamente sus pantalones del pijama, ella le gritaba que qué pretendía, pero él únicamente le gritó: "No te preocupes, me lo vas a agradecer entre gemidos". Entonces, él se quitó sus pantalones y se bajó sus calzoncillos usados. Ella le pedía que no lo hiciera, que le dolía, pero al cabo de unos pocos minutos, ella ya invocaba su nombre y él, sintiéndose un gladiador o un grecorromano deformado por una visión no del todo verdadera que se tomaba en sus tiempos en las películas psicalípticas que a él le gustaba ver, y acto seguido, borrar de su historial, gritó desgarradamente: "Ego perculo".
Paralelamente, ese mismo día, en un concierto de un grupo reivindicativo, donde las drogas, el alcohol y el vicio se apoderaban de todos los que se fingían o creían estar involucrados en las causas que defendían sus cantos, pero que, realmente, no eran capaces ni si quiera el 60%, de explicar qué era lo que esperaban de su futuro, dos cuerpos desnudos de dos chicos que en ese momento tenían veintitrés años se encontraron dentro del BMW del más grueso. Ninguno de los dos era homoerótico, pero estaba de moda. No eran aceptados entre sus amigos si no consumían, y, esa noche, estaban ambos demasiado consumidos por la vida y se sintieron tan puramente compenetrados, que no pudieron evitar cuestionarse si el morbo que sentían al imaginarse semejante escena, sería tan placentero como ellos imaginaban. Cinco años más tarde, el más grueso se haría sacerdote, predicaría toda clase de maldiciones sobre el colectivo homosexual (aunque no desperdiciaría ninguna oportunidad de aprovecharse de ninguno de los muchachos a los que compraba con caprichos y chucherías) y se convertiría en el sacerdote con más capital de toda su comunidad eclesiástica. El otro, se haría profesor y anti-eclesiástico. Coincidirían, al cabo de los años, en un mismo centro educativo, y la escena, se volvería a repetir.
Nadie esacapa de ningún vicio, ni tampoco, La Manca del Cid, que también cayó en ese vicio, y que también conoció a todas estas corrompidas personas.

domingo, 4 de diciembre de 2011

LA ÚLTIMA MANO QUE TOCÓ MI SOLO

Quizá luchaba contra el frío invierno, o contra cada uno de los trozos de su destrozado corazón. Ni él lo sabía. Lo cierto era que cada vez que la miraba sentía que todos los finales hasta ahora leídos eran ridículos, que no cabía desenlace alguno. Tenía por seguro que con ella no habría réquiem posible.
Aunque lo encendía todos los días, su fuego era inútil, su sudor, vergonzoso, y su mente, extraterrestre, pues no la reconocía. No eran gemidos de placer, mas bien de odio y repulsión, aunque tampoco sabía si era sólo contra él, o también contra ella.
Los días no eran fáciles, aunque ella cada vez se mostraba más receptiva, él, sumiso e ignorante, daba por perdida la batalla que acababa de empezar. La miraba buscando sus ojos, siempre agachado y vulnerable.
Ella no sabía nada, incrédula ante su comportamiento, cada vez lo sentía más adentro. ¿Qué era eso que le ayudaba a levantarse? Quizá su aspecto de cachorro abandonado. ¿Era pena? No lo creía. ¿Lujuria? No lo descartaba. Inaugurando sus nuevos ojos ante él, le reía todas las gracias, le miraba los labios al hablar, pero no en su conjunto, siempre de uno en uno.
Era difícil estar asolas con él, parecía que la rehuía. Quizá eso la encendía aún más. Aprovechaba cada segundo que le brindaba el tiempo, y cada paseo que le regalaba la luna. Y fue bajo esta la primera vez que le cogió las manos. Eran duras, baroniles, todo lo contrario que su aspecto.
Ni él se lo creía cuando tocó sus manos finas y calientes.
-Llévame a casa. -le dijo.
Subieron a toda prisa por las escaleras, nunca soltándose la mano. Encerrados en el cuarto, sólo Dios sabe cuánto tiempo duró ese beso. Él juró a sí mismo que nunca soltaría su mano.

ESCENA I :
El calor del verano camuflaba los restos de tristeza que meses más adelante barrería la usada escoba del tiempo.
Parecían, o simplemente, se fingían sentimientos de comprensión, amistad e incluso amor. Todos ellos, ni que decir tiene, sobre-valorados por la mezquindad de la sociedad.
Por la calle un señor mayor miraba al cielo, en una esquina, apartado de todos, al igual que su vida, e intentaba convencerse a sí mismo de que únicamente se preocupaba por la situación meteorológica, pero sus ojos eran incapaces de creer su propia mentira. Acto seguido, a sabiendas de que los llantos se encaminaban a buscarlo, miró su reloj de pulsera, cogió del suelo sus bolsas, y se redirigió hacia la panadería, guardando sus sentimientos en el baúl de la miseria.
Una mujer pasó por medio de un grupo de antiguos compañeros. Ella puso su sonrisa más dulce (y fingida) que pudo y recordó cuánto la deseaban y cuánto se dejó desear por ellos. Ahora lo encontró vacía, pero su vida ya se había construido sobre esos inquebrantables pilares y supo que había sido ella misma quien había cavado su propia tumba, siguió andando dejando atrás las reflexiones, era lo que estaba de moda, el no pensar demasiado.
Un niño miraba con deseo mientras señalaba con su dedo índice un tren de juguete que se entreveía en un escaparate de la más antigua juguetería del pueblo. A su madre, que venía de empeñar sus pendientes de la boda, se le cayó el corazón al suelo al ver que nunca le podría sacar una sonrisa a su hijo sin antes, haber llorado por su penosa situción. Lo que el niño no se esperaba era que justamente, veinticinco años después de esa escena, volvería a buscar a ese tren, arrojándose a sus vías.
Toda la sociedad estaba corrompida por un velo de dolor y de desilusión, muertes, crisis, falta de valores... era el reflejo de la antítesis del bienestar. Nadie se libraba de ella, y mucho menos, La Manca del Cid.

El universo translúcido

“El gran universo translúcido” es el grupo de filosofía en el que me encuentro. Gente ajena a nuestro grupo menciona que se trata de una secta, donde nos engañan y juegan con nuestros sentimientos, y lo que es peor, con nuestra salud, por unos míseros euros. Pero todos nosotros, hermanos, no creemos esas barbaridades, pues sabemos que Luis García, nuestro gran hermano consejero, nunca nos haría daño, sabemos que a el todo lo material no le importa, él siempre velará por nuestra seguridad y por nuestra paz, para que sintamos lo que realmente es la felicidad.

Hay gente que se unió a nosotros para recuperarse de malos sentimientos, algunos por vulnerar alguna ley y acabar en la cárcel, otros por vivir recelosos toda la vida de las personas que les rodean, ya que les hicieron mucho daño. También hay gente que ha ingresado para olvidar sus rutinas y escuchar la mezcla perfecta de estabilidad y calma que emiten las palabras de nuestro gran hermano consejero.

Para toda esta gente, nuestro gran hermano consejero, trabaja y nos habla día a día haciéndonos sentir mucho mejor que cuando teníamos aquella mísera vida.

Yo ingresé en este grupo de filosofía porque perdí todo lo que tenía: mis padres murieron en un accidente de tráfico, junto a mi hermana que les acompañaba. Perdí mi trabajo pues mis jefes creían que mi depresión era insuficiente motivo para dejar de trabajar. Un año después de todo esto, mi mujer me abandonó y se llevó con ella a mis hijos. No me quedaba nada, y a las pocas semanas de entrar en “El gran universo translúcido, me sentí totalmente lleno de paz y vitalidad.

Para entrar, como atenta, correcta y comprensiva persona que es, solamente nos pidió nuestro número de cuenta bancaria y 1900 euros para pequeños gastos de la comunidad; como vienen a ser nuestras túnicas para demostrar que no nos importan los bienes materiales, nuestras velas, para poder relajarnos, nuestros libros con nuestras oraciones dirigidas a nuestro gran hermano consejero, para agradecerle mediante la meditación todo lo que hace por nosotros, y también para unos tubos con líquidos que tiene bajo llave en un armario nuestro gran hermano consejero, muchas veces le hemos preguntado para qué sirven, y él siempre nos ha respondido que ya lo sabremos al llegar su momento.

Recuerdo una vez, en una de nuestras reuniones, que nos enseñó un vídeo donde se veían grandes reyertas que abundan en nuestro día a día, y él, tan afable como siempre, nos moralizaba de que si seguíamos en comunidad, siguiendo sus pasos y consejos, encontraríamos el camino perfecto para evitar estas reyertas tan frecuentes y sentir la verdadera paz interior.

Unos meses más tarde, nuestro gran hermano cambió raramente su carácter, nos comentó en una reunión que se veía con la soga al cuello, pues la policía andaba tras sus pasos, supuestamente por cometer alguna irregularidad con hacienda.

Nosotros, decidimos vender algunas propiedades que teníamos para ayudarlo, pero no basto con ese dinero, y dándose cuenta de nuestra ductilidad, nos dijo que llegaba el momento de saber qué contenían los tubos de líquido que guardaba bajo llave; que por fin había llegado el momento de alcanzar un universo lleno de felicidad e ilusión sin necesidad de ninguna llave ni ganzúa, solamente teníamos que beber el líquido de esos tubos, que como él llamaba, eran bebidas divinas.

Todos estábamos muy alegres al oír esas sinceras palabras que nos llenaban de ilusión y nos hacían ver que había llegado el momento que toda persona de nuestra comunidad espera: llegar al “Gran Universo Translúcido”, y nada más disponernos a beber, vimos que por la puerta entraba una patrulla de policías, que esposaron al gran hermano consejero, y a nosotros nos quitaron los tubos de bebida divina a la fuerza. Después de eso tuvimos que ir a comisaría a declarar todo lo que sabíamos de nuestro grupo espiritual.

Después de algunas terapias psicológicas, y de saber cuál era el verdadero contenido de los tubos de bebida, que no era divina, sino veneno, estoy agradecido de por vida a Dios por aquella intervención policial que sin duda, nos salvó de un nefasto final y nos hizo ver lo patéticos que éramos.

Del estafador de Luis García sólo sé que le han condenado a muchos años de cárcel, y espero que al salir, no le queden ganas de seguir engañando a gente demasiado ignorante, como lo he sido yo.

cuartetos.

Iluminaba la oscuridad el rosado sol,
tras las rocosas montañas, mi imaginación
aún podía ver tu bello cuerpo desnudo,
tumbado en mi cama esperando la decepción.

Las hojas rosadas de los cerezos caían,
y escuchando mis llantos de melancolía
sabían que nunca volverías a ser mía,
pero esa noche nadie me la quitaría.

Quisiera fundirme con el caliente sol
para que pudiese secar todas mis lágrimas;
quisiera poder pasear de tu mano en París
para que la gente pudiese verme feliz.

Ahora la vida y la muerte se enfrentarían
a una intensa lucha con un trágico final,
un final que terminaría con la ironía
de un ciego que espera ver el día de su final.


EL AMANECER
Sandra Pérez.

El último verano

Volví a las calles de una Valencia destrozada por el incendio tras muchos años deambulando, buscando otro lugar donde pudiera sentirme como en casa, ni que decir tiene, no lo encontré.
Llegué a la que había sido su casa, destruida, convertida en simples piedras caídas. Un solar se alzaba en el que había sido mi lugar preferido de Valencia, el lugar donde cada tarde veía su sonrisa mientras entraba el sol por la ventana y rompía la escarcha que nos envolvía.
En el solar simplemente había un cartel con un escrito que ponía “Se vende” seguido de un número de teléfono. Me adentré en él con la casi nula esperanza de encontrar algo que le perteneciese, algo que hubiese sido capaz de perdurar a las llamas que destrozaron mi vida, y sí, lo encontré, era algo capaz de combatir llamas, vientos y derrumbamientos, algo capaz de marcar un amor en el mundo, un amor que se busca, como las llamas, hasta que se encuentran y se funden un una sola llama hasta que se apaga y ya no queda nada. Ese algo era el reloj que le regalé cuando me dijo que lo nuestro tenía futuro.
En aquel momento en el que tomé el reloj, me di cuenta de que en lugar de conseguir olvidar, como me propuse al salir de Valencia, lo que había hecho era huir hasta que, entrando en mi vejez, descubrí que mi vida carecía de sentido alguno, que mi vida, se remontaba a mis recuerdos, que mis recuerdos eran lo único que me mantenían vivo.
Como era evidente, me quedé el reloj, y me largué de allí, huyendo de Valencia, huyendo de los fantasmas del pasado, y me refugié en mi casa de Albacete, con la compañía de la mujer con la que me casé pero a la que nunca amé.
Me acosté y no pude evitar, coger el reloj y recordar todo lo que juntos vivimos.
Esta es mi historia, la que me ha estado matando todos estos años.
Conocí a Eva el 1 de noviembre de 2034, la conocí por casualidad, en la calle, pues una amiga mía nos presentó. Desde ese momento su mirada me hizo perder la cabeza, me hizo que durante unos meses que pasé sin verla, no parase de buscar esa mirada entre la gente, pero no había ninguna capaz de transmitir esa tranquilidad y necesidad de amor que sus ojos negros me pedían. Dos meses más tarde, me sorprendí al ver a mi amiga en mi casa diciéndome que aquella noche quedara con Eva en la plaza Colón a las diez y media, no me dio tiempo a pedirle explicaciones, pues nada más decírmelo, se largó. Me quedé unos minutos tirado en la cama y mirando al techo sin poder reaccionar, de repente, me levanté y me fui a la ducha. Estaba muy ilusionado, creía que esa sería una noche que nunca olvidaría, y así fue.
Llegué 10 minutos antes, con mis vaqueros favoritos, y una de las camisas que mi madre, cuando aún estaba con nosotros, me decía que eran sólo para días especiales. Al probármela, unas lágrimas invadieron mi rostro causadas por los recuerdos que me vinieron a la cabeza de mi madre, pero pronto dejé de llorar pues pensé que debía estar fresco y feliz para mi cita.
Con dieciocho años nunca había sentido ese sentimiento, y cuando la vi llegar, tan guapa como siempre, con sus pantalones ajustados y su americana negra, mientras sus cabellos se mezclaban con el viento y sus ojos me buscaban, no pude evitarlo, supe que ella era para mí.
Me preguntó el porqué había aceptado la cita sin ni si quiera conocerla, a mí no se me ocurrió nada que responderle, y al cabo de unos minutos en silencio, le pregunté el motivo de la cita. Ella estaba muy nerviosa, lo noté, no paraba de tocarse el pelo o de rascarse la mano derecha. Sabía que si no le decía algo la cita se quedaría en silencios, y lo hice, me lancé, le dije el porqué había acudido a la cita “Eva, yo he venido porque sólo con mirarte una vez, supe que te quería”. Muy cortada me miró, su blanca piel maquillada enrojeció y se acercó más a mí. Estábamos sentados en la hierba mirando a las estrellas, ella me dijo “Yo también te quiero”. Entonces nos besamos.
Pasaron unos meses así, quedando en aquel lugar y hablando sobre nuestras vidas, sobres nuestras penas y nuestras alegrías. Descubrí que Eva no era como todas las chicas de dieciséis años, Eva vivía la vida de forma más profunda que nadie, la vivía pensando, que lo más importante, era dejar huellas de la existencia, pudiendo marcar vidas una vez ya muerta, por eso, Eva quería ser escritora, pues creía en el alma de los libros, creía que leyendo las palabras escritas por cada persona, la podías conocer y llegar a sentir lo que siente. Nunca llego a decirme que éramos novios, no creía en ello, tampoco creía en las Navidades, ni en el día de San Valentín, sólo creía en los libros y en demostrar día a día lo que se quiere a las personas, no en un día en especial, puede que por eso fuera una incomprendida, una persona diferente, puede que por no creer en nada, terminara sólo por creer en ella misma y ser una de las personas más egocéntricas que he conocido. Esas conversaciones sobre lo que seremos después de la muerte, me hacían recordar a mi madre y la tristeza que me causaba su ausencia, y entonces Eva me abrazaba y me decía que mi madre estaría orgullosa de mí, pues era capaz de ayudar a mi padre y a mis hermanos sacrificando mis estudios para ganar dinero para ellos.
Cuando ya llevábamos casi un año quedando, empecé a ir a su casa, a conocer a su familia, a pasar horas mirando el lugar en el que se desenvolvía. El día 3 de enero, me dijo que creía que lo nuestro tenía futuro, y la mañana siguiente yo fui corriendo a la joyería más cercana, y, cogiendo todos mis ahorros, le regalé un reloj de plata en el cual pedí que grabaran nuestras iniciales. Esa tarde fui a su casa y se lo entregué, esa tarde fue otra de las mejores tardes de mi vida.
Parecía que mi suerte empezaba a cambiar, pues un día, al llegar a casa, mi padre me sorprendió, estaba muy feliz, yo no sabía a que atribuir esa felicidad, y entonces me dijo que había heredado unos campos de unos primos lejanos que habían muerto sin descendencia, me dijo que ahora ya no hacía falta que trabajase, que podría estudiar. Me animó mucho la noticia, es más, viendo mis notas de la escuela obligatoria y algunas notas que saque en la universidad de Valencia, me concedieron una beca en la universidad de Madrid, pues sabían mi dominio de las ciencias y mi habilidad para las letras, lo que no me gustaba de esa oferta era tener que separarme unos meses de Eva. Lo hablé con ella y me animó a aceptar la beca, era una gran oportunidad de futuro, me dijo incluso que con el dinero que ganase viviendo de la carrera podríamos irnos lejos, y yo le dije que no, que aunque tuviese todo el oro del mundo, no quería irme de mi tierra. Ella aceptó pero me dijo que la aceptase, que lo hiciera por ellos. Yo acepté.
La noche antes de marcharme, la pasamos juntos, despidiéndonos en el lugar donde quedamos por primera vez. El tren llegó a las ocho de la mañana, en la estación estaban mis hermanos y mi padre. Me despedí de ellos, y de Eva, que había venido conmigo después de una noche en vela recordando viejos momentos.
Todo parecía perfecto, los meses pasaban, yo aprendía, Eva me escribía… Pero como siempre algo tenía que pasar que estropease mi racha.
Estaba mi habitación de la pensión que me cubría la universidad con la beca, abriendo una carta de Eva, cuando mi tutor llamó a la puerta. Me sorprendió y no supe a qué atribuir su visita. Le abrí y me dijo que recogiese mis cosas, que Valencia estaba en llamas y mi familia estaba grave en el hospital. Me quedé paralizado ante aquella información, cogí un par de mudas de ropa, dinero, y la carta aun sin leer y me fui con el primer tren con dirección a Valencia. En mi vagón, abrí la carta y la leí:
“Hola Juan:
Esto de que en la universidad haya que pagar el uso de internet es realmente un asco, pocas son las veces que podemos chatear, pero en fin, me conformo leyendo tus cartas.
Dentro de poco podremos vernos ya que llegan las vacaciones de Pascua, tengo que darte una importante noticia, no te la voy a adelantar por aquí, no sé si te alegrara cuando te la cuente, pero en fin… estoy segura de que dentro de unos meses estarás más ilusionado que yo con la noticia. Para celebrarla he comprado dos billetes para este verano a París, para que podamos recuperar todo el tiempo que estamos pasando separados.
He escrito unas frases, espero que te gusten:
Sólo espero que podamos olvidar todo el tiempo perdido
y que en cada despertar, sepa que aun estás conmigo.
Saber que estas a mi lado, y que al tuyo estoy yo.
Que juntos paremos el tiempo; estando contigo no necesito nada,
nada más.
Quiero dejar todo el pasado atrás
dejar mi vida para cuidar de la tuya
porque sólo fue mirarte y comprender
que todo había cambiado y que no te quiero perder.
No quiero dejar huellas en el vacío
ni sonidos en el silencio.
Todo esto me demuestra que lo mejor es olvidar el pasado y arriesgar, hacer lo que sientes y no lo que debes.
Porque me gusta perderme en tu mirada e imaginar nuevos mundos...
Porque sin ti mis suspiros solamente son tiempo perdido,
porque en tu mirada hay muchas cosas por descubrir,
porque soy capaz de encontrar perfectos tus defectos
y ver luz donde sólo hay oscuridad.
Estudia mucho. Te quiero.”
No entendí a que se refería con “la importante noticia”, y entonces me preocupé más pensando si no sólo a mis padres el incendio había dañado, sino que también a Eva le había pasado algo. La llamé al móvil, pero lo tenía apagado como casi siempre. Recé para que no fuese así.
Al llegar a Valencia me dijeron que toda el ala norte estaba cortada, que solo la zona de la playa estaba aun transitable, se podía respirar el humo del incendio que por suerte, ya había sido reducido. Llegué al hospital donde me habían dicho que estaban mi padre y mis hermanos. Cuando llegué al pasillo esperando al doctor, vi a mi hermano pequeño, me abrazó y no pudo parar de llorar, le pedía alguna explicación pero sus llantos se interponían entre nosotros.
El doctor se acercó y nos hizo pasar a una sala con una mesa de madera al medio. Nos dijo que tomásemos asiento. Le informé de cuanto sabía y él me dijo que había nuevas noticias. Mi hermano se echó a llorar, al parecer cuando se produjo el incendio él estaba fuera de la zona, en casa de un amigo. El doctor dijo: “Siento comunicarle que su padre y su hermano han fallecido mientras llegaba, el motivo ha sido que las quemaduras de tercer grado les han dañado órganos vitales y no hemos podido hacer nada, lo siento.”
Yo también me abracé a mi hermano y lloré, no podía estar pasándome eso, ¡No podía mi suerte cambiar tanto de un día a otro! Mi hermano me miró y me dijo: “Aun hay más… Eva”
Muy nervioso le pregunté que qué había pasado con Eva. El doctor me dijo que Eva estaba también ingresada, que su estado era grave, pero que aún estaba estable. Le pregunté al doctor si podía pasar a su habitación, y me dijo que sí. Llegué a la puerta de su habitación, sus padres estaban fuera. Les abracé y los tres lloramos. No era justo. Le pedí a su madre si podía entrar para estar con ella solo un momento. Me dijo que por supuesto.
La vi y esa imagen nunca la olvidaré, estaba toda vendada, incluso la cara. Había perdido sus cabellos, y sólo sus ojos conservaban la expresividad que habían tenido siempre. La miré y le dije: Eva?
Su voz sonó muy débil, no parecía la suya. Sus últimas palabras nunca las olvidaré.
“Siento lo de tus padres Juan, y también siento lo de nuestro hijo, era esa la importante noticia. Sé que esto se acaba, no lo he conseguido Juan, no he marcado la historia, hazlo tu por mí. Es una pena no pasar contigo el verano. Te quiero, sé feliz.”
Le respondí que yo la quería mucho más, y entonces esos ojos que me habían dado la vida en su momento se cerraron para siempre.
Después de tanta decepción, me fui a Madrid con mi hermano, yo terminé la carrera y también trabajé para poder subsistir. Me había quedado solo, de nuevo, sin nada, solamente me quedaba mi hermano y un motivo para vivir: marcar la historia en nombre de Eva.
Cuando acabé mi carrera de biología, encontré trabajo en un laboratorio de investigación, al fin, tenía un trabajo bien pagado. Ya habían pasado casi 7 años del terrible suceso, y yo lo sentía aún en mi piel.
Hasta el día de hoy no había vuelto a pisar Valencia, y a pesar de que he llegado a casarme, nunca he sido capaz de olvidar a Eva, ni a nuestro hijo que ni llegó a nacer.
Mi hermano, por otra parte, se quedó en Madrid, mientras que yo decidí ir de ciudad en ciudad, dije en su momento que ni por todo el oro del mundo abandonaría Valencia, pero he descubierto que sí por unos tristes recuerdos, recuerdos de cosas que nunca han pasado, como ese último verano en París.
El motivo por el que plasmo esta historia es para hacerla feliz, para marcar su nombre en un libro para que alguien, pueda sentir lo que yo siento al escribirlo.
Ahora miraré el reloj y contaré las horas que me faltan para reunirme con ella.